15Agosto2020

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01 Julio 2020

PATRIMONIO. Hospital Real de Vélez Rubio, de la beneficencia a la cultura

Almería Información está difundiendo en esta sección que habitualmente está dedicada a propuestas de turismo activo la serie de artículos 'Desde mi ventana' de Amigos de la Alcazaba. Es una iniciativa para promocionar el patrimonio cultural almeriense durante el confinamiento por el coronavirus, en la que participan más de 50 autores. Cada artículo es una visita guiada online a un monumento destacado, una forma de viajar por la provincia sin salir de casa.

Desde Mi Ventana 47. Hospital Real de Vélez Rubio, de la beneficencia a la cultura

Encarni Navarro López (historiadora y museóloga en Museo Comarcal Velezano Miguel Guirao)

En estos días de espacios vacíos y soledad, hemos podido pasear de un modo especial por el antiguo Hospital Real de Vélez Rubio. Durante jornadas, a veces largas, hemos insistido en dotar de contenidos el espacio con paneles piezas y cartelas, con visitas de grupos, actividades, la historia del Museo contada mediante objetos, piezas y propuestas. Ahora, con luces y vitrinas apagadas, cuando el ruido se ha disipado, nuevas sensaciones afloran y hemos redescubierto el edificio cargado de emociones extintas. Un espléndido ejemplo de arquitectura barroca del que hacemos un pequeño ejercicio de recuerdo.

Su historia comienza en 1765 con la construcción de la institución benéfica y hospitalaria que tuvo su antecedente a principios del siglo XVI, junto a la antigua iglesia de San Pedro, por orden real y sostenida con una parte de los diezmos. El nuevo hospital, a extramuros del pueblo, se levanta junto a la ermita del Carmen, aprovechando un bancal que legó por testamento Dª Catalina Perona. La fachada del nuevo edificio de ladrillo y mampostería, al que se otorgó una renta anual para su mantenimiento, está presidida por el escudo real de Carlos III, único elemento de ostentación.

En 1775 se fundó la Real Hermandad de la Caridad para la administración de la institución, gestionada con fondos provenientes de la renta hasta su retirada en 1821 y de la licencia de la botica que albergaba. La institución entra en crisis, primero, con la ocupación francesa y el alojamiento de tropas, posteriormente, con la retirada de los diezmos. En 1822 se clausura como hospital de pobres y se establece como orfanato, quedando bajo la tutela de la Diputación Provincial. La situación de decadencia del edificio se prolongaría unos cuantos años más dedicándose a los más diversos usos: Milicia, teatro, escuela, academia de música y baile, etc.

1887 será la fecha del resurgimiento gracias a la cesión del inmueble a una comunidad de Siervas de María y, sobre todo, por las obras de remodelación del edificio, añadiendo un tercer piso sobre la fachada posterior, la cornisa principal y la nave próxima al antiguo huerto. Hasta los años sesenta del pasado siglo, el edificio quedaría destinado a asilo de ancianos gestionado por la citada congregación religiosa y después por la Hermanitas de los Pobres.

Tras unos años de futuro incierto con diversos usos municipales (guardería, asociaciones, banda de música, etc), su recuperación se gesta en los tiempos de la Democracia gracias al trabajo de la primera Escuela Taller (1988-1991), que lo adecuo para futuros usos: Casa de la Cultura, Museo Arqueológico y Conservatorio de Música. La intervención afectó a la totalidad del edificio, incidiendo en la cubierta de teja, la fachada principal, las crujías y los forjados de vigas de madera. Una vez restaurado el edificio, una segunda Escuela Taller con un módulo de arqueología (1992-1994) completó el proyecto de adecuación de la segunda planta del edificio para su actual función, albergando las salas de exposición permanente de Geología y Arqueología. Actualmente, el Museo ocupa todo el conjunto y quien da sentido a su existencia, guardando la memoria y  escribiendo la historia con sus instalaciones e intensa actividad.

Un edificio tan antiguo y monumental como el venerable Hospital Real se levanta con proyectos, materiales y financiación, pero el mantenimiento y cuidado pertenece a sus moradores y a quienes se han servido de él. Convendría reflexionar sobre los trabajos y las personas que han disfrutado o sufrido este enorme caserón pleno de señales humanas ya extinguidas. Hombres y mujeres, religiosas y seglares, civiles y militares… han ocupado sus aposentos, se han alimentado, cuidado y recuperado o fallecido dentro de estos gruesos paredones, han sufrido los rigores del invierno velezano en unas estancias húmedas y frías, se han paseado por su patio, celebrado fiestas religiosas, conservado las viandas que recogían de las limosnas, cultivado su huerta posterior o secado las ropas en la soleada terraza. Se conocen pocas imágenes de su vida diaria por ser un lugar de oración, reposo y preparación para la “buena muerte”. La alegría, la fiesta y las comodidades estaban más fuera que dentro del recinto, donde se amparaba con escasos medios a viejos, enfermos y niños expósitos, o se alimentaban sencillamente las siervas del Señor. Hay ocasiones en las que el conocimiento del contenedor se hace merecedor de reflexiones y visitas.